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Hoy he oído en la radio esa canción ochentera y me he estremecido

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  En esencia las líneas eran precisas y estaban definidas sobre vuelos de mariposas y magia por todo alrededor antes de comenzar. Esa precisión tenía que ver con los mundos abiertos, con la realización de los sueños, de todos y cada uno de ellos, con la materialización de la emoción, con la intensidad de los primeros días de la adolescencia o, quizás, para ser más exactos, con los momentos previos a ésta. Todo estaba por construir en el altillo de la vida; nada se imaginaba imposible y la escalera a los sueños comenzaba a dibujar peldaños en los que poco importaba su color o su brillo. Bastaba con que fueran.             Así se adivinaba el futuro, mientras en la radio sonaba una canción ochentera.             Hoy la he vuelto a escuchar, al pulsar el botón que  me lanzara directa a una emisora con éxitos de hace más de treinta años. Igual pero diferente. Ya no ha...

La muerte de Batman

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La muerte de Batman nos pilló por sorpresa, como te pillan casi todas las cosas en la vida. Te despiertas una mañana y ahí, sobre la moqueta del salón que compraste a regañadientes, aparece un charco de sangre del que no sabes su origen. Luego, como quien no quiere la cosa, y mientras te asomas al jardín a regar esos rosales que tan altos se han hecho y tanto odias, porque tú lo que querías eran jazmines; pero claro, los jazmineros no asientan en esta zona, donde las heladas los acaban matando. Así que no te quedó otra que admitir que tu tarjeta de crédito iba a hacer el pago por esos rosales, sin flores aun, pero hinchados de espinas, como la amenaza que ya apuntaban a ser. Lo pagaste a disgusto. ¡Qué se le va a hacer!             Y así, con la manguera en la mano, observas el retal que quedó enganchado en la dureza de esas espinas, antaño verdes y ahora negras, cual garras de águila; despedazan todo lo que les sale al pa...
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Recupero aquí mi homenaje personal a Gabriel García Márquez, fallecido el 17 de abril de 2014. El mundo y sus ciclos me devuelve este breve relato como los restos de un naufragio a la orilla en la que hoy se vuelve homenaje de nuevo, aunque esta vez su destino sea otra playa y otra persona. La noche en que anunciaron el gran deceso a Mireia le había dado por pasarla en vela. Por eso fue la primera, después de aquel cronista de barrio venido a menos por causa de su fuerte adicción a las drogas y a las putas pero elevado ahora al estrellato de un día por la fatal noticia, en conocer este hecho. No pudo menos que sentirse impactada; casi huérfana por tercera vez , pensó. Tal era su inti midad imaginada con el escritor de sueños, ahora vagante en los limbos perdidos del camino de ida sin vuelta. Recordó los días de un verano que quedaba ya muy lejano en el tiempo, en su tiempo, y más aún en el tiempo que ya no lo es de los que ni están por aquí ahora. Recordó. Y con las alas ...

Vides y grillos

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Vides y grillos Aquella noche soñó. Soñó con una casa vacía. Un niño. Las raquetas de tenis de su abuelo, cuando era joven, antes de la guerra, mucho más lejos de su realidad y a dos pasos de la del bisabuelo; vio la tierras y las hojas, las vides, los grillos. En su cabeza hacía tiempo habían dejado de cantar, como ya no cantaban en el campo, sobre la tierra seca y agrietada, bajo el sol de justicia de un mes de julio cualquiera. Cuando era niño, cuando él era niño. Y recordó el olor de las higueras sobre su piel púber, toda vez que de un brinco alcanzaba su copa y se quedaba allí, quieto, a ver si nadie le encontraba ese día, a descubrirse el amo del mundo, de un mundo que ya no existía pero que su memoria le traía como las olas sobre la orilla. Todo esto soñó. Quizás fue por lo que no despertó.

Tempus fugit

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Tempus fugit Me acostumbré a su ausencia. A su presencia vacía, a su infinita esencia dibujando surcos en el aire de la casa. Me acostumbré, como se acostumbran los perros, a dejar caer el cuerpo en la cama y saberla cerca. A las palabras huecas, a los silencios dormidos, a las pocas cosas por recoger y los días que languidecen despiertos. A tantas cosas me acostumbré y a tan pocas tenía hábito que fui dejando para mañana los hoy, y con el paso de las horas se convirtieron en ayeres, y entonces, el abandonado, el ausente, fui yo, pero de la vida, de esta, de la mía, de la presente. Así logró ella arrastrarme de mi presencia a su ausencia, de mi ser a su nada. Ya no soy, o soy por ella. El tiempo lo dirá.

El interruptor

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El interruptor Apagó las luces y salió. Lo había hecho tantas veces antes que no le daba importancia. Rozar el interruptor con los dedos, helados en invierno, calientes en verano. Hoy, en cambio, era otoño. Recordó que las horas corrieron locas en primavera, cuando lo conoció. Entonces, nada comenzó a ser igual a como había sido durante los largos y tediosos cuarenta años anteriores; hasta el sol iluminaba diferente ese aire que había empezado a respirar distinto. Olía, como nunca antes había sentido que oliera. Pero entonces, en primavera, no le dio demasiada importancia. Y ésta fue escondiéndose para dar paso al verano, un verano como jamás tuvo otros. Llegó lleno de besos, caricias, labios, humedad, jadeos,… Ahora, en cambio, recordaba esto en la oscuridad de un cuarto vacío donde apenas llegaban sonidos huecos de la ciudad dormida.

Día de Navidad

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Día de Navidad Cuando el chico abrió los ojos y miró al cielo hacía rato habían caído las últimas estrellas. Tranquilo, las recogió y depositó cada una de ellas sobre el abeto desnudo que le había protegido esa noche. La leyenda acababa de comenzar.