Hoy he oído en la radio esa canción ochentera y me he estremecido

 

En esencia las líneas eran precisas y estaban definidas sobre vuelos de mariposas y magia por todo alrededor antes de comenzar. Esa precisión tenía que ver con los mundos abiertos, con la realización de los sueños, de todos y cada uno de ellos, con la materialización de la emoción, con la intensidad de los primeros días de la adolescencia o, quizás, para ser más exactos, con los momentos previos a ésta. Todo estaba por construir en el altillo de la vida; nada se imaginaba imposible y la escalera a los sueños comenzaba a dibujar peldaños en los que poco importaba su color o su brillo. Bastaba con que fueran.

            Así se adivinaba el futuro, mientras en la radio sonaba una canción ochentera.

            Hoy la he vuelto a escuchar, al pulsar el botón que me lanzara directa a una emisora con éxitos de hace más de treinta años. Igual pero diferente. Ya no había interruptor que deslizar al modo on; se habían perdido los peldaños de la escalera, o cayeron derruidos por alguna decepción, por imposibles momentos que el tiempo esfumó antes de hora. La misma melodía, las mismas voces, las notas idénticas, pero el cuerpo diferente y los anhelos, ¿dónde quedaron? Traté de buscarlos; buceé hacia abajo, adentro, más adentro, en el lugar donde permanecieron escondidas esas sensaciones, emociones olvidadas. Y las hallé; precintadas, cerradas con llave de hierro. Tuve que esforzarme por abrir y empezar a extraer, sacar, tirar de un hilo muy fino y endeble que, de no llevar sumo cuidado se desharía sin remedio. Pero lo logré. Sentí a la niña que empezaba a transitar los primeros años de la adolescencia; la inocencia, la tremenda ilusión, las chispas mágicas inundando el aire alrededor de su cabeza. Fantasías, deseos, anhelos, ilusiones, los sueños apenas por definir abarrotando el paisaje de las novedades; la piel suave, los días tranquilos en un cuerpo apenas inseguro, acomplejado, raramente distante.

            Cuán lejano se me hace ahora todo eso. Cómo acercar, siquiera, el rumor de esas escenas a la ruda capa de los días de ahora, las semanas, los meses, los años. La realidad en fin. Nada podía imaginar aquella chica de corazón ilusionado la sustancia distinta que arma la vida. Se evaporaron esos sueños; tal vez marcharon pegados a las alas de las mariposas, las que soportaban, encantadas, la magia del momento.




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