Es Navidad y los árboles morirán, extirpados de su tierra, por la mano avara y cautiva del hombre; y serán felices los hombres, no los árboles, al falso abrigo de cepellones muertos. Después, cuando todo acabe y llegue la rutina de los días eternos, lloverán agujitas en zaguanes y se amontonarán los fallecidos sin savia ni clorofila en basureros y terrazas. 

Es Navidad y muchas tiendas abrirán, abarrotadas de artefactos inútiles, abalorios, cacharros de toda índole, creados bajo el solo propósito de adornar los días señalados. Luego, cuando todo termine, serán basura, o irán a sumarse a los incontables cachivaches que alumbraron nuestros escuetos días de navidades pasadas, en el desván de las cosas olvidadas.

Es Navidad y multiplicaremos las viandas, exageraremos los platos, las cantidades, los comensales, las jarras, las botellas y las copas, de la misma forma que engrandeceremos nuestras (¿falsas?) sonrisas, alegrías, fingimientos y mentiras. Se trata de participar en este belén.

Es Navidad y caerán más bombas, seguirán los muertos contándose, y descontándose los amigos, los amores, los conocidos y los desconocidos entre quienes no la celebran, porque este dios, su dios, idéntico y distinto del nuestro, está en otras fiestas y otros ritos, no en los suyos.

Es Navidad y las luces, sobredimensionadas, contaminarán aún más el cielo nocturno, y dejarán morir, todavía más, a todos aquellos seres, vivos, que necesitan de urgencia la noche oscura para existir y concebir: luciérnagas, aves, escarabajos peloteros, polillas, focas, …pero ¿a quién le importa si, seguramente, no habrá focas en los centros comerciales y las polillas apenas se ven por aquí?

Es Navidad y el calor estropeará tu abrigo, que este año no podrás lucir, como no lo luciste el pasado, porque el cambio climático, ese invento que la ciencia ha creado, según algunos, es cada vez más notorio, y te tiene frito a antihistamínicos, ahora también, en invierno.

Es Navidad y descenderán las escasas reservas de agua del país, derramadas en pro de la energía natural, la que encenderá las miles de lucecitas en los millones de belenes, y mantendrá vivo el espíritu de la Navidad, a costa de ingentes facturas de luz de ayuntamientos y casas particulares porque, a ver cómo mantenemos tantos árboles y azoteas, calles y terrazas, balcones y salones alumbrados para tu placer (y no el mío).

Es Navidad y volveremos a mirar hacia otro lado, a esconder nuestros ojos de los del igual sin hogar, el desafortunado, el que este año, o el pasado, o hace veinte jugó mal sus cartas, y acabó durmiendo al raso, sobre cartones húmedos, y aprendiendo a pedir, o callar.

Es Navidad y prometeremos regalos a los más pequeños, y nos burlaremos de ellos, y les contaremos un cuento, siempre el mismo, y les daremos alas a sus sueños de capitalismo infantil, y nos ocultaremos detrás de sus vívidas imaginaciones, hasta que su edad se nos antoje correcta. Entonces, los asustaremos con la cruda realidad, para que ya no vuelvan a despertar del sueño de la pesadilla eterna.

¡Feliz Navidad a todos!

 

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