Importaba él
El pequeño destrozó el papel con ambas
manos. Con la emoción de los días que no había conocido antes, sacó el
contenido del interior. Era una caja de color rojo y armada con un cartón medio
endeble. De haber llovido ese día se hubiera deteriorado con suma facilidad,
depositada como estaba, allí, en el patio exterior. Por suerte no lo hizo. El
clima era cálido. Soplaba un extraño aire, más propio de una de esas jornadas
de poniente en agosto, con las horas densas cayendo a plomo y dejando chillar a
las alas de las chicharras, que de las fechas que estaban atravesando: la
Navidad.
El niño tenía seis años,
pero podría decirse que tenía uno, o tal vez dos, a lo sumo; y no era tanto por
su estatura y sus medidas, cortas y endebles, delgaducho hasta parecer
esmirriado, sino por la ausencia de momentos como este en su diario. Tenía hermanos,
pero ninguno había aparecido esa mañana por allí. Con dieciséis años o más
cumplidos, lo importante era trabajar. Lo vital.
Se le veía bien vestido,
todo lo bien vestido que se puede ir cuando en tu muda va incluido un par de
pantalones y otro par de jerséis, unos únicos zapatitos, de esos de charol
desgastado que casi ningún pequeño calza ya, salvo que seas de alta alcurnia y
hoy sea día de fiesta. Pero no era el caso.
Algunos padres llegaban y se
acercaban junto a los pequeños. Otros, en cambio, no. Al niño lo trajo su
abuela. La madre andaba liada. Al parecer una llamada recibida la tarde
anterior la puso en marcha. Trabajo. Tenía, por fin, trabajo. Aunque solo fuera
servir y limpiar, era, eso sí, una buena nueva, servir y limpiar. Por eso la
manita blanda y mínima iba engarzada en esa otra, acusada de arrugas. Pero ¡era
tan grande la emoción! Alguien tenía que acercarlo al lugar señalado.
La abuela se quedó junto al
quicio de la puerta, mientras el pequeño avanzó. Pensó mejor permanecer al
margen, al margen de todo, de las idas y venidas de los chicos, que salían al
patio exterior, a cielo abierto, escogían un paquete, y regresaban al interior
de aquel edificio. Prefería contemplar la escena desde allí.
La sala, aunque austera en
mobiliario, estaba hermosa esos días. Unas cuantas guirnaldas, algunos hilos
dorados colgando desde el techo, los adornos dispuestos junto a las ventanas, y
un pequeño Belén hecho de restos de cartones, corchos y mucha imaginación. La anciana
se quedó a un lado, como se quedaba siempre que la vida parecía que iba a doler,
cuando intuía que llegaría una punzada certera que le atravesaría en el mismo
centro del corazón, como hoy.
Los voluntarios dejaron que
el pequeño se acercara al paquete. A sus seis años era la primera vez que esos
magos de Oriente tan famosos, y de los que todos sus hermanos mayores hablaban
delicias, por fin, se habían acordado de él. No era importante qué había dentro,
importaba él.

Gracias por irnos mostrando la emoción del niño, poco a poco...
ResponderEliminarTu final es idóneo y su reacción la he podido compartir, desde mi imaginación, con él.