La muerte de Batman
La muerte de Batman nos pilló por
sorpresa, como te pillan casi todas las cosas en la vida. Te despiertas una
mañana y ahí, sobre la moqueta del salón que compraste a regañadientes, aparece
un charco de sangre del que no sabes su origen. Luego, como quien no quiere la
cosa, y mientras te asomas al jardín a regar esos rosales que tan altos se han
hecho y tanto odias, porque tú lo que querías eran jazmines; pero claro, los
jazmineros no asientan en esta zona, donde las heladas los acaban matando. Así
que no te quedó otra que admitir que tu tarjeta de crédito iba a hacer el pago
por esos rosales, sin flores aun, pero hinchados de espinas, como la amenaza
que ya apuntaban a ser. Lo pagaste a disgusto. ¡Qué se le va a hacer!
Y
así, con la manguera en la mano, observas el retal que quedó enganchado en la
dureza de esas espinas, antaño verdes y ahora negras, cual garras de águila;
despedazan todo lo que les sale al paso. ¡Mira que son listas!, musitas, sin
moverse de sus delicados tallos y al reclamo del dulce aroma y el hermoso color
del carmín de sus rosas.
Con esfuerzo, pues la
espalda te tiene baldado desde que estuviste organizando el trastero, recoges
el pedazo de tela negra y entonces lo ves: es el emblema de aquel tipo al que
conociste en la azotea de tu edificio de oficinas. No, no es que fuera por
gusto; fue el día del secuestro, cuando acabaste exhausto y demacrado después
de catorce horas metido en el maletero de una furgoneta de reparto, en mitad de
la nada, hasta que te metieron en un saco y te devolvieron unos cuantos metros
más arriba de tu oficina, a la azotea. Y allí, en medio de un cóctel explosivo
más propio de películas de gánsteres, entre amenazas de muerte cruzadas con
verdaderos puñetazos, lo viste por primera vez. Con su capa y su máscara, su
trabajada musculatura y su apolíneo torso, no pudiste menos que desmayarte. Menos
mal que la suerte te acompañó y, horas después, te encontrabas descansando
entre las sábanas rosas de tu cama, escuchando las absurdas palabras de tu
asistenta sobre un tipo vestido de negro y no sé qué labor filantrópica en
favor de los justos. De eso hace ya muchos años. Fue antes de que te dejaras
hacer y perdieras la batalla ante polvorientas moquetas y rosales asesinos,
como el de hoy.
Ironías
del destino, te lamentas. Tanto recurrir al intelecto, tanto usar la ciencia y
la tecnología para salvar al mundo, para ir a morir bajo las garras de la
mascota de mi vecino, la pantera albina. Otra que nunca me gustó y tuve que
comerme con patatas.

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