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Ejercicios con el "tú"

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  Acabas de llegar y ni siquiera te has quitado las botas. Has entrado en el baño y lo has usado, como quien lo usa con la rutina que da el derecho a ello, todo el derecho. Pero no. Luego, con el mismo paso firme y sin encender apenas luz alguna, te has dirigido a la cocina, donde te has servido una copa de vino blanco, después de un vaso de agua. Te oigo decir desde el otro extremo del pasillo que los jueves son malos, que te agotas, que te exprimes como un limón, que te quedas sin reservas, y la sed ataca tu cuerpo; pero no te escucho; siempre es así. Te quedas detenido, mirando las paredes. Te parecen tan horribles. ¿Cómo pudo alguien elegir tonos verdes y marrones para un espacio tan ridículo, mínimo? Exudas una exclamación por la que salen sapos y culebras imaginarias impregnadas en esa viscosidad verdosa, la que aseguras te provoca el visionado de los azulejos. Pero nadie te ha preguntado, y dejas de hablar para dirigirte al saloncito.       ...

La vida detenida (por ahora)

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  Sé que tras este muro de ramas secas, de vida agotada, de días pasados, aguanta incansable la certeza de las horas venideras, del futuro, azul y blanco, algodonado, de los dulces tiempos y las serenas brisas, del aire cálido y el susurrar de promesas. Hasta que llegue esperaré, paciente, y me obnubilaré distraída con el bermellón flameante del semáforo en rojo, de la vida detenida, de las horas tranquilas, de la paciencia infinita; para disfrutar, quieta, cómo alrededor no corren mas que los otros.

Deprisa

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Sabía que debía darse prisa. Todo estaba a punto de comenzar: el aire ululaba suave desde que llegaron los primeros halcones; el cielo comenzaba a aclararse después de la negra noche sobre su cabeza; y un discurso, como de un más allá bien cercano, le rozaba en los oídos, susurrándole algo indescriptible.  Pero tenía la certeza de estar tan cerca del final como lejos de llegar.  Y así, ensilló su caballo, cubrió sus espaldas con la larga capa, y partió al trote, evitando el desfiladero. Tan solo restaba dar con el lugar de la estatua. Después, el sol, con su primer rayo, imprimiría el calor necesario para volver a la vida a aquel convertido en salazón, siempre que él recitara el conjuro.      Ciertamente, estaba al final. Cuando llegó, todo era sal.

El juego de la vida

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Usted es raro, señor. Me preguntó con tono afirmativo.  Im presionado con la cuestión me giré y la miré fijamente a los ojos. Pensé, por un momento, que tal vez no había escuchado bien, que mi mente me había vuelto a jugar otra mala pasada, como cuando jugué al ajedrez sobre zancos. Tampoco entonces entendí las palabras. Quizás, como ahora. Por eso me giré, y clavé mi mirada en la suya: una niñita de metro y medio a lo sumo, a la que la infancia aún mantenía atada con su hilo de tergal, impidiéndole escapar hacia la adolescencia, como ella hubiera empezado a desear. Pero así es la vida.       De modo que después de despertar su curiosidad, pues en esto soy un lince y mis pupilas insuflan fuego cuando han de hacerlo, y agua si se precisa, en esta ocasión la apunté con iris de hielo. Lo sé, soy consciente. La dejé tan clavada a su propia realidad que no volvió a ingerir el aire sobrante de sus palabras. No. Aproveché la ocasión para sacar a relucir mis dotes y ven...

Apilar el futuro

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 La sangre se escurría por las paredes y, en ese momento, se acordó del Maná. ¡Se parecía tanto al de las historias bíblicas que estuvo a punto de abalanzarse y bebérselo! Pero el golpeteo de los puños contra la puerta le hizo "despertar" y darse cuenta que, desde el otro lado de la cámara, le urgía su jefe para seguir descuartizando. Con la pulcritud de un empleado de banca recogió los sesos que se le habían desparramado al entrar, los depositó sobre las bandejas a este fin destinadas, y salió. La cámara frigorífica haría el resto. Pronto llegarían los primeros pedidos y debían estar preparados para su venta. Fuera le esperaban unas decenas más de cerdos en fila. 

El hombre sin cabeza

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  Apenas había rozado la tierra cuando percibió la humedad. Era una humedad extraña, de esas que acontecen a los días posteriores a la caída de lluvias intensas, las riadas que solían llamar por su tierra; solo que no recordaba haber visto caer tal maná del cielo, ni esa tarde ni los días anteriores. Sin embargo, seguía notando la misma sensación. Resultaba un tanto incomprensible pues, cuando acontecían fenómenos meteorológicos así el olor, tan característico, se entremezclaba con la hierba, y provocaba un intenso aroma que le calaba hasta llegarle al mismo pecho. Pero no era esto lo que sentía. Notaba, sin embargo, que todas las sensaciones se detenían en el mismo punto: su tráquea. Fue entonces cuando recordó ver caer en un tiempo indefinido antes de ese instante, desde lo alto de la cornisa, una afilada guadaña que le sesgó el cuello. Tuvo suerte de conservar la memoria. No sabría qué habría hecho sin ella.

María Dudas

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¡ Pues sí! Todas las dudas de mi vida han llegado a mí esta noche. Para ser concreta, esta madrugada entre las 2:13 y las 2:44 horas. Y lo han hecho en tropel, una tras otra, juntas, pegaditas, incluso sobrepuestas, tanto, tanto que casi ha estado de estallarme la cabeza y los niveles de ansiedad se me han disparado como la aceleración del motor de un coche puesto al servicio del revisor de la ITV.  Ha pasado por allí el caramelo de fresa, envuelto en su rico ropaje de plástico impreso, que me miraba pidiendo clemencia desde esa carita de muñeca, la que el diseñador de packaging tuvo en gracia darle un día de modesta inspiración. Vi serpentear la carrera de caracoles, todos dispares, ninguno ordenado, deslizando su mocoso cuerpo por el suelo del porche. El sol, unas gotas de agua y  las ganas de dar un vencedor a la competición eran mis motivaciones. ¿La duda? ¿Qué premio dar al ganador, hojas de lechuga o algún otro manjar recién robado del huerto?  También pasó por allí...