María Dudas
¡Pues sí! Todas las dudas de mi vida han llegado a mí esta noche. Para ser concreta, esta madrugada entre las 2:13 y las 2:44 horas. Y lo han hecho en tropel, una tras otra, juntas, pegaditas, incluso sobrepuestas, tanto, tanto que casi ha estado de estallarme la cabeza y los niveles de ansiedad se me han disparado como la aceleración del motor de un coche puesto al servicio del revisor de la ITV. Ha pasado por allí el caramelo de fresa, envuelto en su rico ropaje de plástico impreso, que me miraba pidiendo clemencia desde esa carita de muñeca, la que el diseñador de packaging tuvo en gracia darle un día de modesta inspiración. Vi serpentear la carrera de caracoles, todos dispares, ninguno ordenado, deslizando su mocoso cuerpo por el suelo del porche. El sol, unas gotas de agua y las ganas de dar un vencedor a la competición eran mis motivaciones. ¿La duda? ¿Qué premio dar al ganador, hojas de lechuga o algún otro manjar recién robado del huerto? También pasó por allí la difícil decisión entre elegir tarrina o polo. Pero esa ya me la sabía, porque siempre elegía tarrina. Había descubierto las posibilidades inmensas que me ofrecían esos vasitos. ¡Hasta hacer teléfonos mágicos con tan solo una cuerdecita anudada a dos de ellas! El problema, o la duda, era entonces con quién jugar a ello. Como hija única, entregada al juego eterno del mí, me, conmigo, y tan solo la compañía de una abuela nonagenaria, y más sorda que la tapia del cementerio, poco juego iba a compartir. Y la duda, esa que me preguntaba al oído con chillona insistencia ¿tú, con quién vas a jugar a esto? me recomía por dentro, de nuevo. Así que dejaba aparcado el jueguecito, el invento fabuloso con el que nos escucharíamos sin tecnología, y me quedaba aparcada en un rincón del campo. Entonces llegaban los saltamontes, o avizaba un sendero trazado en negro por la caravana de hormigas del momento, o eran las mariposas quienes se posaban sobre las florecillas fucsias y amarillas; y ya estaba ahí de nuevo, la duda, atrapando mi conciencia, clamando aventuras, o esperando quietecita, sentada sobre una piedra, o recostada entre la hierba, a que yo me decidiera esta vez. ¿Cazamariposas o bote? ¿Salir a dar alcance a los saltamontes y hacerlos mis rehenes por un día, o entrampar a esas dulces criaturas voladoras para tenerlas cautivas, también una jornada o lo que resistiéramos tanto ellas como yo? Porque seguro que la duda, al verlas tan bellas y frágiles, me recomería el alma por un buen rato. No lo sé, supongo. Tengo esa duda. Ahora bien. No había duda en una cosa: las hormigas ni tocarlas. No desde que conocí el intenso y amargo dolor del que son capaces estas minúsculas, serviles y aparentemente inocentes criaturas. ¡Menudo bocado en todo el dedo gordo me dio una de ellas! Y todo por sacarla de su fila e izarla hasta mis ojos. Nunca juegues con trabajadoras incansables.


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