El juego de la vida
Usted es raro, señor. Me preguntó con tono afirmativo. Impresionado con la cuestión me giré y la miré fijamente a los ojos. Pensé, por un momento, que tal vez no había escuchado bien, que mi mente me había vuelto a jugar otra mala pasada, como cuando jugué al ajedrez sobre zancos. Tampoco entonces entendí las palabras. Quizás, como ahora. Por eso me giré, y clavé mi mirada en la suya: una niñita de metro y medio a lo sumo, a la que la infancia aún mantenía atada con su hilo de tergal, impidiéndole escapar hacia la adolescencia, como ella hubiera empezado a desear. Pero así es la vida.
De modo que después de despertar su curiosidad, pues en esto soy un lince y mis pupilas insuflan fuego cuando han de hacerlo, y agua si se precisa, en esta ocasión la apunté con iris de hielo. Lo sé, soy consciente. La dejé tan clavada a su propia realidad que no volvió a ingerir el aire sobrante de sus palabras. No. Aproveché la ocasión para sacar a relucir mis dotes y ventajas frente a quien osara clasificarme, cuestionarme, sentenciarme; sencillamente, porque no me gustaba ser encasillado, y mucho menos de raro. Si al menos hubiera dicho neurótico, original o puede que particularmente distinto al resto de los mortales. Pero no. Dijo, afirmó, preguntó desde esa afirmación que yo era raro. ¡Raro!
¡Tú no sabes lo que es raro, nena!, le solté como una maldición. Y salí volando con mis alas multicolores después de regarle el jardín con miles de gominolas que se me desprendían del fondo de los pantalones.
Pasados unos segundos pude comprobar que me había dejado ganar, otra vez, la partida por una mocosa. Abajo se quedó el tablero con sus fichas y sus movimientos. Y el siguiente y último en el juego era el mío. Iba a hacer jaque mate cuando su aparente inocencia me provocó. Siempre pasaba lo mismo. El juego de la vida.

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