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El hogar

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Te lo he dicho cientos de veces. El hogar no es la cáscara perdida de un molusco en mitad de la nada. No es la envoltura preciosa recargada de luces; tejidos cubriendo ideas vacías sobre desnudas paredes. No son tus ansias por acaparar estatuas de piedra en el jardín. No. Es el hueco que queda dentro cuando estás aquí, a mi lado, lleno de aire renovado que silva suave y acaricia sueños. Es la voz que susurra al oído contemplando el amanecer. Es la risa que quiebra paredes, y la calma cuando aparentas ser piedra (pero por dentro eres pasión). Son las letras de un libro sin pliegos que edifica historias más allá de tu piel; es la sal rezumando de ella, y mis labios recibiéndola. Y latido atentando contra toda razón. Es mirada y es ceguera, porque no necesita un tener para ser. Ese es el hogar.

Macario Argure

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  Las últimas horas de Macario Argure las pasó despierto. Se había prometido una y mil veces no hacerlo, pero no fue así. En su lecho de muerte, el moribundo esperó ansioso la llegada de aquellos a quienes quiso: un sobrino descarriado, al que recondujo hacia el buen sendero, a base de mucha mano, poco mimo y bastante celo para desviarlo de los malos pasos; una tendera imposible, pero loca por cumplir con todos los pedidos, más imposibles aún, que él le solicitaba; una hermana insulsa, que la vida puso en su camino cuando a él ya le quedaban grande las presentaciones (pues pasaba de los cuarenta y se había acostumbrado a ser el vástago no reconocido de un marqués de la zona); y a ella, hija legítima del marqués con su santa, nadie le confesara la absurda realidad en la que transitaba, desde hacía veintisiete años. Micaela salió como de una chistera y se plantó en su vida tan tarde como pronto lo empezaron a hacer una tensión elevada y un incipiente inicio de artrosis. Pero a ningun...

Riel de la luna blanca

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  En la última noche soñó que se le desvanecían las manos, que sus dientes eran hilos a los que regresaba su alma, si es que ya era difunto. Soñó, o vio, los últimos rayos de la luna creciente posarse sobre su almohada derecha, la que permanecía vacía desde hacía treinta años. Pero no le importaba, como no le importaba haber cerrado esa puerta tras los pasos de ella la tarde en que todas sus cosas la aguardaban en el maletero, a una manzana de distancia, en la plaza poblada de piares y gritos de niños anclados a bocadillos de chorizo. Ajenos, niños ajenos, y ajenos a todo, como habría de ser.             Soñó, o le venció el sueño despierto en la alcoba, que las paredes pintadas de azul se le aparecían amarillas; y la luz, tan intensa y doliente, le quebraba; que el techo se mantenía firme, allá arriba sobre su cabeza, hasta el mismo instante en que todo comenzó a rodar. Entonces los libros de su mesilla de noche iniciaron la...

La biblioteca de los cuentos desterrados

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    Mamá osa no comprendía porqué sus oseznos no salían de la cueva después de los meses de hibernación. La primavera había brotado alrededor y ya era tiempo de conocer mundo. —No, no, no. No lo cuentes así. Habíamos quedado en que cambiábamos esta parte. —replicó Carmen a su hermana. Todas las noches, antes de acostarse, las dos pequeñas se ocultaban bajo el nórdico extendido sobre la cama de la mayor, sacaban la linterna que les regaló su abuela y, con un hilo de voz para que nadie las escuchara, leían uno de sus cuentos favoritos. —Pero es lo que pone en el cuento, el que nos escribió la tía antes de que nos volvieran a dejar sin recreos ni clases en el cole. —respondió enérgica la pequeña Lidia. —Ya lo sé. Pero nosotras teníamos un plan. ¿Recuerdas? Nada de encierros, nada de personas encarceladas, no podemos decir una sola palabra que tenga que ver con no poder salir. Lidia asintió y dejó el pliego de papeles a un lado. Se acurrucó junto a su hermana en esa fría...

La leyenda del oso cavernario

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La lluvia fina que caía no era obstáculo para sus propósitos. El chico, curtido en mil batallas, subió a la montaña y se adentró en la cueva del oso milenario. Las leyendas sobre su existencia y su voraz apetito por la carne humana eran solo eso, leyendas, pues nadie había visto en décadas animal alguno merodeando el lugar; si acaso, unas pocas abubillas, algunos conejos de campo y las águilas, que sobrevolaban montes y campos en épocas inciertas. Así que borró de su mente la sombra oscura de las historias terroríficas escuchadas en su infancia y se dejó llevar por la última de ellas. Hacía semanas oyó decir que la tierra seca sobre la que jugara desde siempre, los campos plantados de viñedos que verdeaban en primavera e hibernaban cada nuevo otoño, los escarpados caminos de rocas y pinos poblados por mantos de cálido sol, fueron un día lejano el mar que aún no conocía, regando las tierras de sal. La cueva del oso guardaba esta certeza. Solo debía aventurarse y mirar. Allí arriba, en...

Al principio

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 Todo empezó por el principio y al principio era todo. La brisa, la risa, las horas, las olas; todo, cada una de las pequeñas puntadas de un dios sin nombre dieron forma a los comienzos: al de uno y al de otro, al de aquellos y al de estos, porque por algo había que empezar. Luego llegaron las lluvias y miles de brotes levantaron la tierra y ascendieron casi, casi hasta el mismo cielo. Todo, absolutamente todo, no había hecho más que comenzar. Después surgieron los que no nacían de las aguas ni de la misma tierra. Se dijo de ellos que eran restos de estrellas. A partir de ese momento el final acababa de empezar.

Fuego

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Apenas dio tiempo de avisar a todos. Para cuando el dragón de fuego flameaba por doquier los enseres y sus dueños descendían colina abajo, arrastrados más por la fuerza imperiosa con que impelía el miedo que por ningún deseo de llegar al río. Los que quedaron en la aldea, niños, mujeres y algunos ancianos, podrían haber sido pasto fácil del monstruo dorado. Por fortuna, ese día el caudal bajaba lleno y los exhaustos vecinos pudieron cobijarse bajo sus aguas. Una vez allí, arropados por aquel maná límpido, el monstruo abandonaría su ataque. Ningún dragón de llama es capaz de atravesar las aguas.