La leyenda del oso cavernario
La lluvia fina que caía no era
obstáculo para sus propósitos. El chico, curtido en mil batallas, subió a la
montaña y se adentró en la cueva del oso milenario. Las leyendas sobre su
existencia y su voraz apetito por la carne humana eran solo eso, leyendas, pues
nadie había visto en décadas animal alguno merodeando el lugar; si acaso, unas
pocas abubillas, algunos conejos de campo y las águilas, que sobrevolaban
montes y campos en épocas inciertas. Así que borró de su mente la sombra oscura
de las historias terroríficas escuchadas en su infancia y se dejó llevar por la
última de ellas.
Hacía semanas oyó decir
que la tierra seca sobre la que jugara desde siempre, los campos plantados de
viñedos que verdeaban en primavera e hibernaban cada nuevo otoño, los
escarpados caminos de rocas y pinos poblados por mantos de cálido sol, fueron
un día lejano el mar que aún no conocía, regando las tierras de sal. La cueva
del oso guardaba esta certeza. Solo debía aventurarse y mirar. Allí arriba, en
la oscura humedad habitada por murciélagos dormidos, donde los rayos solares
apenas tenían permiso para entrar, las rocas mostraban en su superficie las
formas y los volúmenes de trilobites, amonites, braquiópodos, corales y toda
clase de habitantes del fondo marino imposibles de hallar ahora en aquel lugar.
Ese día aprendió que la leyenda del oso era el cerrojo que custodiaba el tesoro
a los ojos extraños.

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