Macario Argure

 

Las últimas horas de Macario Argure las pasó despierto. Se había prometido una y mil veces no hacerlo, pero no fue así. En su lecho de muerte, el moribundo esperó ansioso la llegada de aquellos a quienes quiso: un sobrino descarriado, al que recondujo hacia el buen sendero, a base de mucha mano, poco mimo y bastante celo para desviarlo de los malos pasos; una tendera imposible, pero loca por cumplir con todos los pedidos, más imposibles aún, que él le solicitaba; una hermana insulsa, que la vida puso en su camino cuando a él ya le quedaban grande las presentaciones (pues pasaba de los cuarenta y se había acostumbrado a ser el vástago no reconocido de un marqués de la zona); y a ella, hija legítima del marqués con su santa, nadie le confesara la absurda realidad en la que transitaba, desde hacía veintisiete años. Micaela salió como de una chistera y se plantó en su vida tan tarde como pronto lo empezaron a hacer una tensión elevada y un incipiente inicio de artrosis. Pero a ninguno de estos últimos agarró tanto cariño como a la insulsa niña bien que le miraba desde abajo (muchas veces, todo hay que decirlo, porque a su apenas palmo de estatura se unía la altura del caballo sobre el que ella plantaba sus casi dos metros de altura). Con todo y con esto Macario Argure supo llevar con dignidad, con la justa dignidad de niño abandonado, la buena nueva de su consanguinidad tardía.

Pero, si algo había que no soportara este intento de finado, era ser contradecido en sus sabias decisiones. Mas no le quedaba otra. Y ese día, el último de su estancia terrenal, tenía previsto dormir como un lirón. 

Contrariado, esperó pues el desfile inevitable de todos aquellos seres con los que, más pronto que tarde, cortaría el vínculo. 

Para su sorpresa, un cúmulo de antiguas presencias físicas, que hacía décadas dormían el sueño eterno, comenzaron a pasearse por delante de sus ojos. Fue entonces cuando, decepcionado aún por el error, el nefasto error de confundir las pastillas para mantenerse despierto con los sedantes, su duda tomó dimensiones descomunales. ¿Se hallaba, por fin, en el sueño anterior a su partida? ¿O acaso esta vigilia forzada es lo que le hacía ver desaparecidos asomarse ante él? Fuera como fuese solo tenía dos certezas: una, que estaba solo y solo se iba. Y dos, que estaba acompañado y acompañado se iba.

En cualquier caso, ese último ratito fue, cuanto menos para Macario Argure, lo último que esperara ver.



Comentarios

  1. Nos pasa a todos, que hemos de soportar muchas soledades y Macario no es una excepción. Me parece original como sus últimos pensamientos seleccionan por orden de sus querencias a quienes se prepara para ver por última vez. Me ha hecho gracia tu primera frase con los elementos de la oración colocados según tu antojo.
    Feliz descanso y como siempre ¡A seguir!

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