Entradas

Tarde de playa

Imagen
- Entonces qué ¿seguimos adelante? - Déjame pensármelo. Todavia no tengo claro algo, respondió ella. Esa tarde recibió la llamada de Carla. Qué bien, tanto tiempo sin hablar con ella y con las otras. Seguro que le sentaría fenomenal esa excursión a la playa de la que le habló. Demasiadas horas pegadas al ordenador, cosida a la silla de despacho, de lunes a viernes y vuelta a empezar. Dijo que sí. Colgó el teléfono. Ya lo pensaría más adelante su respuesta. Quizás pasado mañana. Aún tenía un margen. Así habia quedado con Álvaro Crespo. Era apuesto aquel tipo: mentón puntiagudo, no demasiado, solo lo suficiente para resultar atractivo; sin una arruga en la cara, ni una sola, y ya pasaba de los cuarenta; cabello fuerte y castaño; y la estatura, el imprescindible metro noventa. Siempre le gustaron altos, mucho, demasiado incluso, le gustaron y le gustaron altos. Ahora no se iba a echar atrás.  A las cuatro en punto pasaron por ella. Un remozado escarabajo rosa chicle. Nunca lo hubiera ...

Escrito el 18 de abril de 2014

Imagen
La noche en que anunciaron el gran deceso a Mireia le había dado por pasarla en vela. Por eso fue la primera, después de aquel cronista de barrio venido a menos por causa de su fuerte adicción a las drogas y a las putas, pero elevado ahora al estrellato de un día por la fatal noticia, en conocer este hecho. No pudo menos que sentirse impactada; casi huérfana por tercera vez , pensó. Tal era su intimidad imaginada con el escritor de sueños, ahora vagante en los limbos perdidos del camino de ida sin vuelta.             Recordó los días de un verano que quedaba ya muy lejano en el tiempo, en su tiempo, y más aún en el que ya no lo es de los que ni están por aquí ahora. Recordó. Y con las alas puestas en modo inverso se desplazó volando a unos días felices, cargados de gritos de niños, risas, playa, humedad salada y bañadores tendidos en el patio, y ella, resguardada de todo esto, en su cuarto. Sintió el tacto seco de unas páginas que...

Ejercicios con el "tú"

Imagen
  Acabas de llegar y ni siquiera te has quitado las botas. Has entrado en el baño y lo has usado, como quien lo usa con la rutina que da el derecho a ello, todo el derecho. Pero no. Luego, con el mismo paso firme y sin encender apenas luz alguna, te has dirigido a la cocina, donde te has servido una copa de vino blanco, después de un vaso de agua. Te oigo decir desde el otro extremo del pasillo que los jueves son malos, que te agotas, que te exprimes como un limón, que te quedas sin reservas, y la sed ataca tu cuerpo; pero no te escucho; siempre es así. Te quedas detenido, mirando las paredes. Te parecen tan horribles. ¿Cómo pudo alguien elegir tonos verdes y marrones para un espacio tan ridículo, mínimo? Exudas una exclamación por la que salen sapos y culebras imaginarias impregnadas en esa viscosidad verdosa, la que aseguras te provoca el visionado de los azulejos. Pero nadie te ha preguntado, y dejas de hablar para dirigirte al saloncito.       ...

La vida detenida (por ahora)

Imagen
  Sé que tras este muro de ramas secas, de vida agotada, de días pasados, aguanta incansable la certeza de las horas venideras, del futuro, azul y blanco, algodonado, de los dulces tiempos y las serenas brisas, del aire cálido y el susurrar de promesas. Hasta que llegue esperaré, paciente, y me obnubilaré distraída con el bermellón flameante del semáforo en rojo, de la vida detenida, de las horas tranquilas, de la paciencia infinita; para disfrutar, quieta, cómo alrededor no corren mas que los otros.

Deprisa

Imagen
Sabía que debía darse prisa. Todo estaba a punto de comenzar: el aire ululaba suave desde que llegaron los primeros halcones; el cielo comenzaba a aclararse después de la negra noche sobre su cabeza; y un discurso, como de un más allá bien cercano, le rozaba en los oídos, susurrándole algo indescriptible.  Pero tenía la certeza de estar tan cerca del final como lejos de llegar.  Y así, ensilló su caballo, cubrió sus espaldas con la larga capa, y partió al trote, evitando el desfiladero. Tan solo restaba dar con el lugar de la estatua. Después, el sol, con su primer rayo, imprimiría el calor necesario para volver a la vida a aquel convertido en salazón, siempre que él recitara el conjuro.      Ciertamente, estaba al final. Cuando llegó, todo era sal.

El juego de la vida

Imagen
Usted es raro, señor. Me preguntó con tono afirmativo.  Im presionado con la cuestión me giré y la miré fijamente a los ojos. Pensé, por un momento, que tal vez no había escuchado bien, que mi mente me había vuelto a jugar otra mala pasada, como cuando jugué al ajedrez sobre zancos. Tampoco entonces entendí las palabras. Quizás, como ahora. Por eso me giré, y clavé mi mirada en la suya: una niñita de metro y medio a lo sumo, a la que la infancia aún mantenía atada con su hilo de tergal, impidiéndole escapar hacia la adolescencia, como ella hubiera empezado a desear. Pero así es la vida.       De modo que después de despertar su curiosidad, pues en esto soy un lince y mis pupilas insuflan fuego cuando han de hacerlo, y agua si se precisa, en esta ocasión la apunté con iris de hielo. Lo sé, soy consciente. La dejé tan clavada a su propia realidad que no volvió a ingerir el aire sobrante de sus palabras. No. Aproveché la ocasión para sacar a relucir mis dotes y ven...

Apilar el futuro

Imagen
 La sangre se escurría por las paredes y, en ese momento, se acordó del Maná. ¡Se parecía tanto al de las historias bíblicas que estuvo a punto de abalanzarse y bebérselo! Pero el golpeteo de los puños contra la puerta le hizo "despertar" y darse cuenta que, desde el otro lado de la cámara, le urgía su jefe para seguir descuartizando. Con la pulcritud de un empleado de banca recogió los sesos que se le habían desparramado al entrar, los depositó sobre las bandejas a este fin destinadas, y salió. La cámara frigorífica haría el resto. Pronto llegarían los primeros pedidos y debían estar preparados para su venta. Fuera le esperaban unas decenas más de cerdos en fila.