La lotería O El día de su cumpleaños


Apesadumbrada, contaba los días que le restaban para que el hombre, de grandes ojos azules, posara su mirada acuosa sobre ella y extrajera la carta que le autorizaba a separarla, para siempre, del piano de cola.

Todos los días, con el sol sobre su cabello, apuntando rayos de calor, ideaba cientos de planes, argüía estrategias y maneras de mantenerlo a su lado; cada una de las noches oscuras, más aún en las que ni la luna asomaba su perfil, el frío desamparaba sus proyectos y atería cuanto de humana era su presencia, rasgando sueños y esparciendo ilusiones, hechos pedacitos, jirones, que caían sobre el suelo del local. El piano, mientras, miraba silencioso desde el rincón que ocupaba hacía veinte años, allí, en el café-tertulia.


            Soñaba despierta, pues ya las noches habían tomado el mando sobre ella, y la mantenían en vilo y suspendida en una bruma espesa de inquietud; así, soñaba que hallaría la empresa perfecta para resolver su deuda; que un postor, con las manos llenas, mostraría su entrega por ella y su devoción por la música que extraía de aquel armatoste de formas angelicales; que el lotero de su calle, aquel que cantaba su fecha de cumpleaños, todos los días a su paso junto al puestecito, le sorprendería con el premio gordo. Tanto soñó, y tan alta se izó su fantasía, sobre las terrazas de los otros, junto a los techados de sus vecinos,… que una madrugada entre desvelo y ensoñación, sorprendió a la luna, que la miraba helada a través de la ventana de su dormitorio. Mientras, al otro lado del cristal, ella llevaba el premio gordo entre sus manos. 10713. Era el día de su cumpleaños.


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