El coleccionista de entradas de cine se sentó a mi lado y empezó a escampar sobre el suelo del piso, una a una, todas aquellas pequeñas estampitas procedentes de las más diversas proyecciones que se habían traído a la ciudad en los últimos tiempos. Después de esto, se detuvo un momento y las contempló, allí alineadas. Por las fechas podía intuir que su afición al séptimo arte venía de poco tiempo a esta parte; es más, ni siquiera es que fuera un habitual de todas las salas, sino que se limitaba sólo a una de ellas: la Sala Abanico. Entonces se giró, me miró y dijo: “si no hubiera muerto…”


                La estilográfica que siempre llevaba asomando de su pechera nunca escribiría más claro la historia de la cajera que peinaba su cabellera antes de abrir las taquillas, la misma joven que tenía enamorado al falso coleccionista y que fue portada de los medios el día que el mando a distancia accionó, por error, la puerta del local y le alisó la melena hasta dejar sus sesos lavando el suelo. Desde entonces, el amante silencioso se aficionó a las películas que echaban en el autocine.


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