Homenaje a García Márquez... aquel 18 de abril vacío
La noche en que anunciaron el gran
deceso a Mireia le había dado por pasarla en vela. Por eso fue la primera,
después de aquel cronista de barrio venido a menos por causa de su fuerte
adicción a las drogas y a las putas pero elevado ahora al estrellato de un día
por la fatal noticia, en conocer este hecho. No pudo menos que sentirse
impactada; casi huérfana por tercera vez,
pensó. Tal era su intimidad imaginada con el escritor de sueños, ahora vagante
en los limbos perdidos del camino de ida sin vuelta.
Recordó
los días de un verano que quedaba ya muy lejano en el tiempo, en su tiempo, y
más aún en el tiempo que ya no lo es de los que ni están por aquí ahora. Recordó.
Y con las alas puestas en el modo inverso se desplazó volando a unos días
felices, cargados de gritos de niños, risas, playa, salada humedad y bañadores
tendidos en el patio, y ella, resguardada de todo esto, en su cuarto. Sintió el
tacto seco de unas páginas que pasaba sin detenerse, el ritmo ascendente de las
palabras que se unían en relato, para levantar sobre sí una escena tras otra
que en poco, muy poco tiempo, fue llegando a su juicio final. Se acordó
entonces de la inmensa sensación de felicidad que le palpaba continuamente todo
su cuerpo, y le recorría como un permanente escalofrío conforme sus ojos iban
acariciando el texto. Tuvo la sensación que nunca había sentido más
satisfacción, rota en parte cuando arrancó de la última página el punto y final.
Desde ese día, que se bañaba en agua marina y adolescencia reciente, amó sin aviso
al hombre que depositaba palabras para desconocidos mundanos como ella.
La
madrugada que rezó al ineludible desenlace de la crónica anunciada de su
escritor favorito Mireia empezó su tercera orfandad.
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